Una mirada crítica y constructivista sobre El diablo viste a la moda 1 y 2

Por Angélica Telles Rojas La película El diablo viste a la moda se convirtió, desde su estreno, en mucho más que una comedia ambientada en el mundo editorial y la alta costura. Basada en la novela de Lauren Weisberger, la cinta funciona como una crítica al sistema laboral contemporáneo, donde el éxito profesional suele construirse sobre la explotación emocional, la competitividad extrema y la pérdida de identidad personal. Su antecedente más claro se encuentra en películas sobre ascenso social y sacrificio individual dentro del capitalismo moderno, como Working Girl o Network, aunque trasladadas al universo glamuroso de la moda. Desde una perspectiva constructivista, la historia muestra cómo la identidad de Andrea Sachs se transforma a partir de las estructuras sociales que la rodean. Andy no cambia únicamente por decisión propia: cambia porque el entorno de Runway le exige adaptarse para sobrevivir. El filme plantea una pregunta relevante: ¿hasta qué punto la sociedad construye nuestras aspiraciones y deseos? Miranda Priestly representa precisamente esa estructura de poder que moldea comportamientos, lenguaje, apariencia y valores. La moda deja de ser superficial y se convierte en un sistema simbólico de dominación cultural. En términos cinematográficos, la dirección de David Frankel utiliza una puesta en escena elegante y dinámica para contrastar dos mundos: el de Andy antes de ingresar a Runway y el de la sofisticación neoyorquina. El vestuario —supervisado por Patricia Field— no es un accesorio, sino un elemento narrativo que refleja la evolución psicológica del personaje. Cada cambio de ropa simboliza una pérdida gradual de espontaneidad y autenticidad. La fotografía utiliza tonos fríos y composiciones simétricas dentro de las oficinas de Runway para transmitir presión, jerarquía y perfeccionismo. Asimismo, el montaje rápido durante las secuencias laborales reproduce el ritmo frenético de la industria editorial. La banda sonora pop de los años 2000 acompaña la fantasía aspiracional, pero también encubre el desgaste emocional de los personajes. Uno de los mayores aciertos del filme es la interpretación de Meryl Streep como Miranda Priestly. Lejos de construir una villana caricaturesca, Streep crea un personaje complejo: fría, brillante y profundamente humana. Miranda simboliza el éxito femenino dentro de un sistema diseñado históricamente por hombres, aunque para mantenerse en la cima deba reproducir la misma lógica despiadada del poder. Por ello, la película evita una lectura simple de “jefa mala”; en realidad, expone cómo las estructuras laborales deshumanizan incluso a quienes triunfan dentro de ellas. Otro aspecto importante dentro de la lectura crítica del filme es la representación del cuerpo y la alimentación. En la primera película, Andrea Sachs aparece inicialmente como una joven ajena a los estándares estéticos de la moda; incluso algunos personajes la consideran “descuidada” por no encajar en la imagen corporal exigida por la industria. Sin embargo, conforme avanza la historia, Andy transforma su apariencia física y sus hábitos para adaptarse al medio. La delgadez, la ropa de diseñador y la disciplina corporal se presentan como requisitos implícitos para obtener reconocimiento profesional. En El diablo viste a la moda 2 esta construcción cambia significativamente. Andrea ahora aparece comiendo con libertad y disfrutando de la comida, alejándose de la obsesión por la perfección física que dominaba la primera película. No obstante, el entorno laboral y social vuelve a etiquetarla, llegando incluso a presentarla como “la gorda” frente a los nuevos estándares corporales y digitales. Esta representación funciona como una crítica a la violencia simbólica sobre el cuerpo femenino: los cánones de belleza cambian constantemente y nunca permiten una aceptación plena. Desde el análisis constructivista, esto demuestra que la percepción del cuerpo no depende de criterios naturales, sino de construcciones sociales impuestas por la cultura y los medios. La secuela expone cómo la presión estética sigue vigente, aunque ahora disfrazada bajo discursos de diversidad e inclusión. El problema ya no es solamente alcanzar la extrema delgadez, sino sostener una imagen comercialmente aceptable dentro de una sociedad dominada por redes sociales, tendencias y consumo visual. La segunda entrega también desplaza el foco del glamour hacia la crisis de los medios impresos, las redes sociales y la cultura digital. Miranda Priestly ya no domina un imperio intocable; ahora debe sobrevivir en un mundo donde la autoridad editorial perdió poder frente a influencers y plataformas digitales. El ritmo narrativo se vuelve más melancólico y reflexivo, mostrando personajes que enfrentan el desgaste emocional y profesional después de años dentro de una industria altamente competitiva. En conclusión, ambas películas funcionan como un espejo de su época. La primera retrata el auge del éxito corporativo y la obsesión por la perfección; la segunda muestra el desgaste de ese modelo en una sociedad hiperconectada y emocionalmente agotada. Más allá de la moda, El diablo viste a la moda habla sobre identidad, poder, cuerpo y sacrificio. Y precisamente ahí reside su permanencia cultural: detrás del lujo y la elegancia, lo que realmente se exhibe es el costo humano del éxito.

5/10/20261 min leer

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