Pastoral indígena: fe, comunidad y memoria viva de los pueblos otomíes del Valle de Toluca
Por Angélica Telles Rojas Hablar de Pastoral Indígena en el Valle de Toluca es hablar de una historia que no comenzó ayer. Es adentrarse en la memoria de pueblos que han sabido conservar su identidad frente a profundas transformaciones políticas, sociales, económicas y religiosas. En comunidades otomíes como San Cristóbal Huichochitlán, Temoaya, San Mateo Otzacatipan y otras localidades del Valle de Toluca, la fe católica forma parte de una historia compleja en la que conviven la tradición cristiana, la organización comunal y una cosmovisión indígena que se niega a desaparecer. Los otomíes llegaron al Valle de Toluca aproximadamente desde el siglo XV, y desde entonces construyeron una relación profunda con el territorio, sus montañas, sus tierras de cultivo y sus espacios ceremoniales. El propio Consejo Estatal para el Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas reconoce la antigua presencia otomí en esta región. Con la llegada de los españoles, la evangelización transformó profundamente la vida de los pueblos. Los franciscanos tuvieron un papel central en el proceso religioso del Valle de Toluca desde el siglo XVI. La propia Arquidiócesis de Toluca registra la presencia de Fray Andrés de Castro y la creación de doctrinas y conventos desde los cuales se atendieron numerosas comunidades indígenas. Pero reducir esta historia a una simple sustitución de una religión por otra sería desconocer la complejidad de los pueblos indígenas. La investigación histórica y antropológica muestra que las comunidades incorporaron elementos cristianos a formas anteriores de entender el territorio, la naturaleza, la comunidad y lo sagrado. En los pueblos indígenas del Valle de Toluca, los templos, las fiestas patronales, las peregrinaciones, las mayordomías y los rituales comunitarios se convirtieron en espacios donde la tradición indígena y el catolicismo aprendieron a convivir, aunque no siempre de manera sencilla. Ahí es donde adquiere especial importancia la Pastoral Indígena. La cual no debería entenderse solamente como llevar servicios religiosos a una comunidad. Su verdadero desafío es acompañar a los pueblos desde el respeto a su identidad, su lengua, sus autoridades comunitarias, sus tradiciones y su propia manera de entender la relación entre Dios, la naturaleza y la vida colectiva. En ese sentido, la Iglesia tiene ante sí una responsabilidad histórica: pasar de una pastoral que habla sobre los pueblos indígenas a una pastoral que camina con ellos. Y caminar con ellos significa escuchar. Significa reconocer que en comunidades como San Cristóbal Huichochitlán o San Mateo Otzacatipan la religión no está separada de la vida comunitaria. Las fiestas religiosas movilizan a familias enteras; las mayordomías generan responsabilidades; las celebraciones reúnen a los vecinos; las autoridades tradicionales y comunitarias tienen un peso particular; y las expresiones culturales —desde la música y la danza hasta la comida y la indumentaria— forman parte de una identidad colectiva. Por ello, la dimensión política de la Pastoral Indígena también resulta inevitable. No se trata de partidismo, sino de comprender que la vida religiosa ocurre dentro de comunidades que tienen problemas concretos: defensa del territorio, agua, tierra, servicios públicos, preservación de la lengua, migración, discriminación, participación de las mujeres y reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios. La historia del Valle de Toluca demuestra que religión y organización comunitaria han estado vinculadas durante siglos. Los estudios sobre la formación de los pueblos de indios muestran que las estructuras políticas, económicas, territoriales y religiosas se entrelazaron desde la época colonial. En algunos casos, los pueblos conservaron sus tierras, autoridades y santos patronos como elementos fundamentales de su identidad colectiva. Por eso, una Pastoral Indígena verdaderamente comprometida no puede limitarse a celebrar misas o administrar sacramentos. Tiene que reconocer el valor de la palabra de los mayores, de la memoria de los pueblos, de las lenguas originarias y de quienes mantienen vivas las tradiciones. También tiene que mirar a las mujeres. En ellas se encuentra buena parte de la memoria cotidiana de los pueblos. Son ellas quienes, en numerosas familias, han transmitido recetas, conocimientos sobre plantas, formas de preparar el maíz, fiestas, bordados, historias y prácticas que constituyen una verdadera enciclopedia comunitaria. Un ejemplo extraordinario es la gastronomía tradicional. La participación de la cocinera tradicional Jovita Montes, de Ocoyoacac, en actividades de difusión de la gastronomía ancestral permite entender que la cocina puede ser también una forma de pastoral cultural, aunque no necesariamente religiosa: alimentar, enseñar, compartir y preservar conocimientos es mantener viva la memoria de un pueblo. La prensa ha documentado que Montes lleva más de cuatro décadas dedicada a la cocina ancestral y a la transmisión de conocimientos alimentarios. Asimismo, ha participado en actividades relacionadas con la gastronomía y la herencia cultural de las mujeres indígenas. En este contexto cobra especial significado la ceremonia que realizaron en la Casa de las Diligencias de Toluca, acompañada por una muestra gastronómica tradicional. Más allá de la ceremonia misma, estos encuentros tienen un profundo valor simbólico: llevar la voz de las comunidades a un espacio público de la capital mexiquense significa decir que los pueblos indígenas no son una pieza del pasado, sino una presencia viva en el presente. La muestra gastronómica, en ese sentido, no fue solamente una degustación. Fue memoria servida en un taco. Fue territorio convertido en alimento. Fue conocimiento transmitido de generación en generación. Y fue también una forma de reconocimiento a quienes, como las cocineras tradicionales, mantienen viva una parte esencial del patrimonio cultural del Valle de Toluca. La presencia de personas y representantes de distintas comunidades en este tipo de encuentros demuestra que la identidad indígena se construye también mediante el diálogo. San Cristóbal, Temoaya, San Mateo Otzacatipan, Ocoyoacac y otras comunidades no son islas separadas; forman parte de una región con una historia compartida, aunque cada pueblo conserve sus propias particularidades. Temoaya representa un ejemplo particularmente visible de esta permanencia cultural. El municipio es reconocido oficialmente como un importante núcleo otomí y cuenta con el Centro Ceremonial Otomí, creado en 1980 como un espacio para preservar tradiciones y fortalecer la identidad de este pueblo. La pregunta que debemos hacernos hoy es qué papel queremos que desempeñe la Pastoral Indígena en este proceso. ¿Queremos una Iglesia que solamente conserve formas religiosas heredadas? ¿O queremos una Iglesia capaz de escuchar a las nuevas generaciones indígenas, aprender de sus mayores y acompañar sus luchas por la dignidad, la cultura y el territorio? La respuesta debería ser clara. La Pastoral Indígena del siglo XXI tiene que ser una pastoral de acompañamiento, diálogo y reconocimiento. Una pastoral que no vea la cultura otomí como folclor, sino como una expresión viva de una identidad histórica. Una pastoral que entienda que una lengua, una ceremonia, una danza, una mayordomía, una milpa o una receta tradicional pueden contener tanta memoria como un archivo. Los pueblos otomíes del Valle de Toluca han atravesado la Conquista, la evangelización, la reorganización colonial, la Independencia, las transformaciones del México moderno y la expansión urbana. Y, pese a todo, continúan construyendo comunidad. Por eso, la Pastoral Indígena no debe hablar de los pueblos otomíes como si fueran únicamente herederos de un pasado. Debe reconocerlos como protagonistas del presente y constructores del futuro. La ceremonia en la Casa de las Diligencias, la participación comunitaria y la muestra gastronómica tradicional son, en este sentido, mucho más que un acto cultural. Son una declaración de identidad. Porque mientras exista una comunidad que recuerde, una mujer que enseñe una receta, un abuelo que transmita una palabra otomí, una familia que conserve una tradición y un pueblo que se reúna para celebrar su fe, la memoria indígena seguirá viva. Y una Pastoral Indígena que quiera estar a la altura de esta historia tendrá que caminar junto a esa memoria, no delante de ella. El reto no es evangelizar al pueblo indígena olvidando quién es. El reto es construir, desde el respeto y el diálogo, una Iglesia capaz de reconocer que Dios también habla en la memoria, en la cultura, en la comunidad y en la voz de los pueblos originarios.
8/20/20261 min leer


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