Mole de Gratitud

Por Marycarmen Aguilar Franco Preparar mole ha sido para mí un símbolo festivo de gran significado. Hoy, esa elaboración alcanzó mis mayores niveles de nostalgia, pues sin planearlo ni pensarlo siquiera, inicié un recorrido inesperado por esos mis añorados caminos del sur, disfrutando de los bellísimos colores del atardecer, hasta bajar del autobús en la entrada a Santa María Acamuchitlán, municipio de Tejupilco, un sitio de relevante historia para las mujeres de México, aunque todavía no lo saben, pero pronto iremos descubriendo y develando esos tesoros guardados en varios rinconcitos de nuestro país, referente a la grandeza femenina, en este caso de las insurgentes, luchadoras de la Independencia, pues en ese sitio, según el acta de bautizo de Genoveva Quintana Vicario, la Madre de la Patria, Leona Vicario bautizó, en esta comunidad situada a los pies de la hermosa Sierra de Nanchititla, a su primogénita a los 14 días de nacida. Por la entrada del otoño, las sombras de la noche nos envuelven muy rápido. Eran apenas las siete de la noche y justo llegué a tiempo para disfrutar de la hospitalidad y amistoso recibimiento de Margarita Mojica, quien estaba en plena faena gastronómica preparando un "mole de gratitud". Me gustó ese concepto de darle intención al guiso tradicional de la región; ya antes se encargó de preparar un "mole por la paz", y quedó al final compromiso para el próximo año preparar un súper molazo de "homenaje y condecoración"; pero de eso les contaré después. Esta noche, para mí, ese mole fue de añoranza, recuerdos infantiles, nostalgia y proyección. Directito, los aromas y el entorno campirano, con el fogón de leña, el metate, las enormes cazuelas de barro y, sobre todo, la fecha, 27 de septiembre, me remontaron a mi niñez, cuando mi abuela se afanaba en las vísperas de la fiesta de San Miguel a prepararle su "molito" de cumpleaños a mi padre, llamado Miguel. Toda una odisea realizada por mi abuela a lo largo del año, para hacer trueque en el mercado con sus tortillas a mano, intercambiadas por cada uno de los muchos ingredientes. Y ahí estaban ante mis ojos los diferentes chiles secos, el cacahuate, ajonjolí, montón de ajos, semillas de calabaza, etc., etc., dorados con manteca sobre un comal de barro, agregándose también las especias y hierbitas como el tomillo, bien desmenuzado. Para enseguida echar al molino de piedra, algo ya de esta época, (mi abuela lo molía a metate), y no puedo aún entender de dónde sacaban las mujeres de antes y las de ahora la fuerza y, sobre todo, el tiempo para hacerlo de ese modo. Total, empezó a inundarse mi interior con los olores de la cocina, combinados con la delicia de los aromas de la tierra mojada, plantas y árboles cercanos, una luz mortecina, reforzada con la lumbre intensa del fogón. La hábil guisandera ya tenía muy avanzado el preparado, para degustar este guiso al día siguiente, acompañado de los tradicionales y deliciosos tamales de ejotes y frijoles negros, envueltos en hojas de milpa y enormes hojas del árbol de plátano. Para ello preparó con oportunidad el maíz, que igual pasó por su molino de piedra, y en el refri ya aguardaba el guajolote y dos pollos enormes bien destazados, criados a puro maicito por ella misma, que muy temprano, al salir el sol, fueron a dar, pieza por pieza, en la enorme cazuela molera para freírse en manteca, donde se agregó enseguida la pasta de mole para empezar el vaivén sazonador que duró varias horas, con el fogón bien abastecido en todo momento, sin faltar la cruz de hoja de maíz, echada al cazo a modo de sortilegio, para que no "ojen" el mole y se vaya a "cortar", según me explicó Margarita Mojica. Mientras, ayudé un poco a limpiar y cortar en pequeños trozos los ejotes. En otro fogón ardía la olla con los frijoles negros, chiquitos y boluditos, para después amasarlos y ponerlos en generosas porciones sobre las hojas verdes, y finalmente en la olla para cocerse al vapor. Por si fuera poco, preparó también masa para echar tortillas, además hervimos flor de jamaica y aún se dio tiempo para hacer una salsa en un pequeño molcajete que perteneció a su abuela, y guisar papas con chorizo para almorzar. Todo aderezado con los recuerdos de ambas, sobre las lecciones culinarias de las abuelas, las creencias de cocina, como eso de las diferentes fórmulas de ellas para evitar daños en los guisos y obtener un platillo en muy buen término y sabor. Ya acabada la guisadera, recorrí la pequeña huerta y me hice de varias limas y unas ricas granadas. El tamarindo podré recogerlo hasta marzo, aún está muy verde, igual las guayabas. Y de la plática nocturna me quedo con tantas imágenes evocadoras, que nos llevaron más allá de los episodios vividos con las abuelas, imaginando las noches y días de Leona Vicario, la Madre de la Patria, en esa región, embarazada, huyendo, escondiéndose, sin dejar por ello sus ideales de lucha. Imaginamos también lo que será el monumento que lucirá justo en la entrada a Santa María Acamuchitlán, al borde de la carretera al Pacífico, donde realizan obras importantes para ponerle dos carriles más y detonar positivamente esta zona del sur del Estado de México; el lugar, por supuesto, merece un monumento a la mujer fuerte de la Independencia, también en Tejupilco, considerado pueblo cuna de la Independencia por los antecedentes genealógicos de Miguel Hidalgo y Costilla, cuyos padres y abuelos eran nativos. Sobre ese monumento me enterneció las consideraciones de Margarita Mojica, quien ha sido una mujer de lucha, es una férrea defensora del medio ambiente, protectora y guardiana del agua y el territorio, así como promotora de la buena educación y recuperación de valores, quien lamenta que las juventudes ya no están interesadas en preservar la cultura local, mucho menos aprender a preparar un mole al estilo regional, y ni siquiera comerlo. Pero hay esperanza y confianza de recobrar el interés de las nuevas generaciones y, para ello, coincide con el propósito del Colectivo Nacional de Sororidad, "Leona Vicario Madre de la Patria", para recuperar y difundir la historia de una mujer que entregó su fuerza y determinación por un patriótico ideal, y se emocionaba al describir a la Leona como una mujer con vestido sencillo, de campo. "Seguro que no vestía como catrina", dijo Margarita, quien pide, y casi coloca como requisito, que la Leona Vicario que se coloque en la entrada de Acamuchitlán debe llevar su rebozo y enaguas de campesina.

10/3/20261 min leer

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