Manuel Buendía del periodismo al silencio
Angélica Telles Rojas Hablar de Manuel Buendía es hablar de una época en la que el periodismo entendía su función principal: investigar al poder. Su columna Red Privada no se limitaba a reproducir declaraciones oficiales ni a seguir la agenda gubernamental; buscaba aquello que otros pretendían ocultar. Investigó corrupción, narcotráfico, grupos de poder y redes de influencia política cuando hacerlo significaba asumir riesgos reales. Su trabajo lo convirtió en uno de los periodistas más influyentes de México y, finalmente, en una víctima de los intereses que denunció. La ideología periodística de Buendía no respondía a partidos ni a gobiernos. Respondía a una convicción fundamental: la información es un instrumento de vigilancia democrática. El periodista no debía ser un acompañante del poder, sino un observador incómodo. Esa filosofía permitió que sus investigaciones revelaran vínculos entre corrupción gubernamental, organismos de seguridad, grupos de ultraderecha y narcotráfico en una época donde esos temas apenas comenzaban a discutirse públicamente. Sin embargo, más de cuatro décadas después de su asesinato, el panorama del periodismo mexicano presenta una paradoja. Nunca había existido tanta información disponible y, al mismo tiempo, tan poca investigación profunda en numerosos medios regionales y estatales. La inmediatez digital ha desplazado el trabajo de campo; la declaración sustituyó al documento; la conferencia de prensa reemplazó a la búsqueda independiente de información. En gran parte del país, los periodistas enfrentan condiciones laborales precarias. Salarios insuficientes, plantillas reducidas, falta de recursos para trasladarse, investigar o acceder a bases de datos han convertido la investigación periodística en un lujo que pocos medios pueden financiar. A ello se suma la dependencia económica de la publicidad gubernamental, que limita la capacidad crítica de muchas empresas informativas. La consecuencia es visible. Mientras los grandes problemas locales —desvíos de recursos, conflictos de interés, redes de corrupción municipal, capturas institucionales y vínculos entre política y crimen— afectan directamente la vida de millones de ciudadanos, una parte importante de la cobertura cotidiana se concentra en boletines oficiales, declaraciones y eventos protocolarios. El periodismo regional, que debería ser el primer fiscal de los poderes locales, con frecuencia se encuentra atrapado entre la precariedad económica y las presiones políticas. La herencia de Manuel Buendía no consiste únicamente en recordar su asesinato. Consiste en recordar su método. Investigar documentos, contrastar fuentes, seguir pistas durante meses y publicar aquello que el poder preferiría mantener oculto. Esa tradición sigue existiendo en algunos medios y periodistas independientes, pero es cada vez más difícil sostenerla en contextos laborales adversos. México necesita más reporteros que salgan de las oficinas y menos comunicadores que reproduzcan discursos oficiales. Necesita medios capaces de invertir en investigaciones locales y estatales, porque es ahí donde muchas veces se incuban los problemas nacionales. La corrupción que escandaliza al país suele comenzar en un municipio; el abuso de poder que llega a los titulares nacionales suele pasar primero por una comunidad donde nadie investigó a tiempo. Recordar a Manuel Buendía es recordar que el periodismo no fue concebido para administrar la información del poder, sino para cuestionarla. En tiempos donde la rapidez parece valer más que la profundidad, su legado plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿quién está investigando hoy a los poderes locales que afectan la vida cotidiana de los ciudadanos? La respuesta, lamentablemente, es que son menos de los que una democracia necesita.
6/3/20261 min leer
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