Lenguas que sostienen la vida comunitaria: identidad, justicia y futuro de los pueblos originarios del Estado de México
Texto y fotos: Angélica Telles Rojas Temoaya, Estado de México.- En el Estado de México, la vida comunitaria de los pueblos originarios se construye a partir de la palabra. No se trata únicamente de un medio para comunicarse, sino de un vínculo profundo que une a las personas con su territorio, su historia, su organización social y su manera de entender el mundo. Las lenguas originarias son el corazón de la vida comunitaria y, al mismo tiempo, una herramienta fundamental para el ejercicio de los derechos colectivos e individuales. En este contexto, la reciente entrega de certificados a personas hablantes de lenguas originarias, que ahora podrán desempeñarse como traductores e intérpretes en el Poder Judicial y en otros espacios institucionales, representa un avance significativo hacia una sociedad más justa, incluyente y respetuosa de la diversidad cultural. Este esfuerzo cobra especial relevancia en una entidad donde conviven cinco pueblos originarios: otomí, mazahua, nahua, tlahuica (matlatzinca) y ocuilteco, cada uno con una lengua viva que da sentido a la vida comunitaria. La lengua como base de la vida comunitaria En las comunidades originarias del Estado de México, la lengua no se limita al ámbito doméstico. Está presente en las asambleas comunitarias, en los rituales, en el trabajo colectivo, en la transmisión de conocimientos ancestrales y en la educación de las nuevas generaciones. A través de la lengua se enseñan valores como la solidaridad, el respeto a la naturaleza, el trabajo en común y la responsabilidad colectiva. Hablar la lengua originaria es, para muchas comunidades, una forma de pertenencia. Es el vehículo mediante el cual se transmiten historias, mitos, formas de organización y sistemas normativos propios. En la vida cotidiana, la lengua articula la relación entre las personas mayores y las juventudes, entre el pasado y el presente, y permite que la comunidad se reconozca a sí misma. Cuando una lengua se mantiene viva, la comunidad mantiene su cohesión. Cuando una lengua se debilita, también lo hace el tejido social. Por ello, la preservación lingüística no es solo una tarea cultural, sino un acto de resistencia comunitaria frente a la discriminación histórica y la homogeneización cultural. Lengua y acceso a la justicia Uno de los ámbitos donde la pérdida o el desconocimiento de las lenguas originarias tiene consecuencias más graves es el acceso a la justicia. Durante años, personas hablantes de lenguas indígenas han enfrentado procesos judiciales sin comprender plenamente lo que se les acusa o sin poder expresar su versión de los hechos en su lengua materna. Esta situación ha generado desigualdad, vulneración de derechos y desconfianza hacia las instituciones. La certificación de traductores e intérpretes en lenguas originarias permite avanzar hacia un sistema judicial más humano y equitativo. Contar con personas capacitadas para traducir no solo palabras, sino contextos culturales, garantiza que las comunidades puedan ejercer sus derechos en igualdad de condiciones. Además, dignifica el conocimiento lingüístico comunitario y lo reconoce como una labor profesional y socialmente necesaria. Este proceso ha sido acompañado por el trabajo de Lourdes de la Cruz, representante del pueblo otomí en Temoaya, quien ha impulsado acciones para fortalecer el uso de la lengua otomí en espacios comunitarios e institucionales. Su labor ha sido clave para visibilizar la importancia de que las lenguas originarias estén presentes en los procesos de toma de decisiones y en el acceso a la justicia. Asimismo, destaca la trayectoria de Margarita de la Vega, pionera y activista en la defensa de las lenguas originarias, cuyo trabajo ha abierto caminos para que la lengua deje de ser vista como un obstáculo y sea reconocida como un derecho y un patrimonio vivo. Su activismo ha inspirado a nuevas generaciones a sentirse orgullosas de su lengua y a defenderla en todos los espacios. Cabe recordar que fue presea Estado de México sor Juana Inés de la Cruz 2025. Entre otros muchos reconocimientos ¿Qué pasa cuando se pierde una lengua? La pérdida de una lengua no es un hecho aislado ni únicamente lingüístico. Cuando una lengua desaparece, se pierde una forma única de nombrar el mundo, de entender la naturaleza, de organizar la vida comunitaria y de transmitir el conocimiento. Se pierden palabras que no tienen traducción exacta a otros idiomas, y que les da identidad a las comunidades que las hablan, expresiones que reflejan una cosmovisión particular y saberes que han sido construidos durante siglos. En términos comunitarios, la desaparición de una lengua puede provocar rupturas generacionales. Las personas mayores dejan de ser comprendidas plenamente por las juventudes, y con ello se debilita la transmisión de valores, historias y prácticas culturales. También se reduce la participación comunitaria, ya que muchas decisiones colectivas se toman en la lengua originaria. Desde una perspectiva social, la pérdida lingüística incrementa la discriminación y la desigualdad. Las personas que dejan de hablar su lengua para adaptarse a un sistema dominante suelen enfrentar procesos de desarraigo y pérdida de identidad. Esto afecta la autoestima comunitaria y debilita la organización social. En el ámbito institucional, la desaparición de una lengua implica que el Estado pierde la capacidad de comunicarse de manera efectiva con una parte de su población, lo que genera exclusión en servicios básicos como salud, educación y justicia. Preservar la lengua es preservar la vida La entrega de certificados a traductores en lenguas originarias no es un acto simbólico aislado, sino una acción concreta que reconoce la importancia de las lenguas en la vida comunitaria y en la construcción de una sociedad más justa. Preservar y promover el uso de las lenguas originarias es garantizar que los pueblos puedan seguir nombrando su mundo desde su propia voz. El trabajo de mujeres y hombres comprometidos con su comunidad, como Lourdes de la Cruz y Margarita de la Vega, demuestra que la defensa de la lengua es también la defensa del territorio, de la memoria colectiva y de los derechos humanos. Gracias a estos esfuerzos, las lenguas originarias del Estado de México continúan vivas, adaptándose a nuevos espacios sin perder su raíz comunitaria. Cuidar una lengua es cuidar a quienes la hablan. Es reconocer que en cada palabra se guarda una historia, una forma de vida y una manera de construir comunidad. La preservación lingüística no solo mira al pasado, sino que asegura un futuro donde la diversidad cultural sea una fortaleza y no una barrera. Cabe mencionar que estés fuera un proyecto netamente comunitario que es altamente valioso por siii contexto.
1/4/20261 min leer


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