Envejecer no debe costar derechos

Por Angélica Telles Rojas “Las mujeres no deberían perder su derecho a vivir libres de violencia porque envejezcan”, afirmó Reem Alsalem, relatora especial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), al poner sobre la mesa una realidad que la sociedad sigue relegando al silencio: la violencia contra las mujeres mayores. Desde una perspectiva social, económica y feminista, esta problemática revela una doble discriminación: el sexismo y el edadismo, dos formas de exclusión que se entrelazan para vulnerar la dignidad, la autonomía y los derechos humanos de millones de mujeres. Envejecer no debería significar perder la voz, la independencia ni la posibilidad de vivir con seguridad; sin embargo, para muchas, esta etapa de la vida puede estar marcada por el maltrato, el abandono y la dependencia forzada. La violencia contra las mujeres mayores no siempre deja marcas visibles. Puede manifestarse en agresiones físicas y sexuales, humillaciones, amenazas, aislamiento, negligencia y control económico. También aparece cuando familiares, parejas o personas cuidadoras se apropian de sus pensiones, administran sus bienes sin consentimiento o las despojan de su patrimonio, aprovechándose de su confianza o de las barreras que enfrentan para defenderse. El problema tiene, además, una dimensión económica que no puede ignorarse. Las desigualdades acumuladas durante toda una vida —empleos precarios, brechas salariales, trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, así como interrupciones laborales por atender a la familia— pueden traducirse en pensiones insuficientes y una mayor dependencia financiera en la vejez. Cuando los recursos son limitados y los servicios de atención resultan inaccesibles, denunciar el maltrato o abandonar un entorno violento puede convertirse en una decisión especialmente difícil. A ello se suma una cultura que con frecuencia resta importancia a las experiencias de las mujeres mayores. Bajo prejuicios que las presentan como frágiles, improductivas o incapaces de decidir por sí mismas, sus testimonios pueden ser minimizados y sus necesidades relegadas tanto en el ámbito familiar como en las instituciones. Así, la violencia se normaliza, la denuncia se posterga y la impunidad encuentra terreno fértil. El feminismo tiene una tarea indispensable frente a esta realidad: ampliar la mirada sobre las violencias de género para reconocer que no desaparecen con la edad. La autonomía, el consentimiento, la libertad y el derecho a una vida libre de violencia no son privilegios reservados a la juventud. Son derechos que deben acompañar a las mujeres en todas las etapas de su vida. Por ello, el llamado de la ONU debe traducirse en acciones concretas: leyes que reconozcan y sancionen las distintas formas de violencia, servicios de atención accesibles, mecanismos de protección efectivos, asesoría jurídica, apoyo psicológico y alternativas económicas que permitan a las mujeres mayores tomar decisiones sin coerción. También se requieren políticas públicas que fortalezcan los sistemas de cuidados, protejan sus pensiones y propiedades, y capaciten al personal de salud, asistencia social y procuración de justicia para identificar y atender estas agresiones. La responsabilidad no puede recaer únicamente en las víctimas ni en sus familias. El Estado debe garantizar condiciones para que las mujeres mayores vivan con seguridad y dignidad, mientras que la sociedad tiene la obligación de cuestionar los prejuicios que justifican el abandono o silencian el maltrato. Una sociedad verdaderamente justa no mide el valor de las mujeres por su edad, su productividad económica ni su grado de independencia. Las reconoce como sujetas de derechos, con historia, voluntad y capacidad para decidir sobre su propia vida. Envejecer no debe significar quedar desprotegida. La violencia contra las mujeres mayores existe, aunque permanezca invisibilizada. Reconocerla es el primer paso; prevenirla, denunciarla y garantizar justicia es una responsabilidad colectiva e institucional. Ninguna mujer debería tener que renunciar a su dignidad para llegar a la vejez.

10/16/20261 min leer

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