Entre la memoria y la milpa: mujeres otomíes y el valor del quelite

En el Día Internacional de la Mujer Indígena, la cocina otomí recuerda que detrás de cada quelite existe una historia de territorio, conocimiento, trabajo y resistencia Cada 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena, una fecha establecida en 1983 durante el Segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América, realizado en Tiahuanaco, Bolivia. La jornada rinde homenaje a Bartolina Sisa, dirigente aymara que participó en la resistencia indígena contra el dominio colonial español y fue ejecutada el 5 de septiembre de 1782. Pero hablar de las mujeres indígenas también significa hablar de aquello que han sostenido durante generaciones y que pocas veces aparece en los relatos políticos: la alimentación, la agricultura, las semillas, la lengua, los cuidados y los conocimientos sobre las plantas. En los pueblos otomíes, ese conocimiento permanece vivo en la cocina cotidiana. De acuerdo con el Atlas de los Pueblos Indígenas de México del INPI, la alimentación otomí tradicional tiene como base el maíz y los frijoles, acompañados de huevo, queso y diversas plantas comestibles, entre ellas los quelites, quintoniles y malvas. El quelite: una planta que cuenta una historia La palabra quelite proviene del náhuatl quilitl, relacionada con las plantas tiernas comestibles. En México se consumen más de 350 especies de quelites, aprovechadas de distintas maneras de acuerdo con los conocimientos y costumbres de cada región. Para las comunidades campesinas, el quelite no representa simplemente una hierba que crece alrededor de la milpa. Puede ser alimento, recurso familiar, parte de la biodiversidad agrícola y una forma de aprovechar el territorio. Muchos quelites aparecen al inicio del ciclo agrícola, cuando todavía son tiernos. Algunas especies son toleradas, protegidas o cultivadas junto con otros productos de la milpa; otras son recolectadas y llevadas a la cocina. Su producción puede requerir pocos insumos externos y aprovechar condiciones donde otros cultivos tienen mayores dificultades. Por eso, hablar del quelite también es hablar de economía campesina. Aunque durante mucho tiempo estas plantas fueron consideradas alimentos de poco valor comercial, su importancia alimentaria y cultural es mucho mayor. Incluso las instituciones agrícolas reconocen que su valor económico registrado no corresponde necesariamente con su importancia para la alimentación mexicana. De la milpa al fogón En la cocina otomí, los quelites pueden convertirse en preparaciones sencillas, pero cargadas de memoria. Un manojo recién recolectado puede terminar hervido y acompañado con salsa de chile, guisado con cebolla y ajo, mezclado con frijoles, incorporado a una sopa o servido como relleno de tacos y quesadillas. También pueden prepararse con huevo, combinarse con maíz o utilizarse como parte de guisos de temporada. Dependiendo de la comunidad y de la especie disponible, las formas de preparación cambian. La cocina de los quelites no tiene una sola receta: tiene muchas voces. Entre las preparaciones que forman parte del amplio universo culinario mexicano de los quelites están: Quelites guisados con cebolla, ajo y chile. Quelites con frijoles de la milpa. Sopa de quelites, con maíz, calabaza u otros ingredientes locales. Quesadillas de quelites, utilizando tortilla de maíz. Tacos de quelites, acompañados con salsa de chile. Quelites con huevo. Quelites en salsa verde o roja. Tamales y otros antojitos en los que las hojas y hierbas locales pueden formar parte del relleno o acompañamiento. No todas estas preparaciones corresponden exclusivamente a una sola comunidad otomí; forman parte de un repertorio más amplio de la cocina tradicional mexicana y pueden variar de pueblo en pueblo. Precisamente ahí reside su riqueza: cada territorio adapta las plantas disponibles a sus propios sabores y conocimientos. Mujeres que alimentan, conservan y transmiten Detrás de esta cocina existe una dimensión política. Durante generaciones, las mujeres indígenas han participado de manera fundamental en la transmisión de conocimientos relacionados con las plantas, la alimentación, la agricultura y la vida comunitaria. El INAH reconoce que las mujeres indígenas han sido portadoras de lenguas, conocimientos y prácticas ancestrales que han permitido la continuidad de la vida comunitaria y de la diversidad cultural. Ese trabajo, sin embargo, no siempre ha sido reconocido como una actividad económica o como una forma de conocimiento. Seleccionar una planta, saber cuándo recolectarla, distinguir una especie comestible, conocer su preparación y enseñar a una hija o a una nieta cómo cocinarla constituye un conocimiento acumulado durante generaciones. En ese sentido, una cocina también puede ser un espacio de resistencia cultural. Frente a la pérdida de biodiversidad, la transformación de los hábitos alimentarios y la creciente dependencia de productos industrializados, mantener el consumo de alimentos locales significa conservar conocimientos y prácticas que forman parte del patrimonio biocultural. El valor económico de lo que crece cerca Los quelites también abren una discusión sobre el campo y la economía. Muchas de estas plantas pueden crecer con pocos insumos y forman parte de sistemas agrícolas diversificados. Su aprovechamiento permite complementar la alimentación familiar y, cuando existe comercialización, generar ingresos para quienes los producen o recolectan. En este punto, reconocer el trabajo de las mujeres resulta fundamental. Cuando una mujer recolecta, limpia, prepara y vende un manojo de quelites en un mercado local, no está comercializando únicamente una planta: está llevando consigo una parte del conocimiento de su comunidad. Por eso, recuperar el valor económico de estos alimentos también implica pagar justamente el trabajo campesino, fortalecer los mercados locales y evitar que la gastronomía tradicional se convierta en una moda que beneficia principalmente a intermediarios mientras las comunidades productoras permanecen al margen. Una riqueza que no debe confundirse con pobreza Durante décadas, ciertos alimentos tradicionales fueron asociados injustamente con carencia o pobreza. Hoy sabemos que esa mirada resulta insuficiente. Los quelites aportan fibra, vitaminas y minerales; algunas especies contienen cantidades importantes de proteínas y otros nutrientes. Además, su diversidad permite ampliar la dieta y aprovechar recursos propios del territorio. La Secretaría de Agricultura ha señalado recientemente que en México se consumen más de 350 especies y que estos alimentos forman parte de la riqueza biocultural del país. Por ello, reivindicar el quelite no significa idealizar la pobreza rural. Significa reconocer que las comunidades poseen conocimientos alimentarios sofisticados, adaptados a su territorio y transmitidos durante generaciones. Del homenaje a la acción El Día Internacional de la Mujer Indígena no debería limitarse a una celebración simbólica. La fecha también permite preguntar quiénes producen nuestros alimentos, quién conserva las semillas, quién conoce las plantas, quién cocina y quién recibe los beneficios económicos cuando una tradición indígena se convierte en producto turístico o gastronómico. En el caso de las mujeres otomíes, reconocer su papel implica defender su derecho a preservar su lengua, su territorio, sus conocimientos y sus formas de organización, pero también reconocer el valor económico de su trabajo. Este 5 de septiembre, un plato de quelites puede convertirse así en algo más que comida. Puede ser memoria. Puede ser territorio. Puede ser identidad. Puede ser economía comunitaria. Y puede ser una forma cotidiana de resistencia. Porque mientras una mujer indígena siga llevando un manojo de quelites de la milpa a su cocina y enseñando a otra generación cómo limpiarlos, cocinarlos y compartirlos, una parte de la memoria de su pueblo seguirá viva.

9/11/20261 min leer

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