Entre la memoria y la locura: una mirada a Diario de un loco
Texto y fotos Angélica Telles Rojas Las luces del Teatro Morelos se apagan poco a poco. El murmullo de los asistentes desaparece y, en medio de la oscuridad, comienza a construirse el universo de Diario de un loco: un espacio aparentemente sencillo que, conforme avanza la obra, se transforma en la representación de una mente que lucha por conservar sus recuerdos, sus vínculos y, finalmente, su propia conciencia. La escenografía está construida con elementos cotidianos y objetos que parecen pertenecer a otra época: una pared, una cama, un perchero, una sábana, un tapete y una taza de café. A ellos se suman un saco de época, plumas de ganso y cartas que adquieren un peso particular dentro de la dramaturgia. Nada parece estar colocado al azar. El saco de época no solamente viste al personaje: lo coloca en un tiempo, en una identidad y en una memoria. Las plumas de ganso y las cartas remiten a una forma antigua de escribir y comunicarse, pero también funcionan como detonadores de recuerdos. Cada carta parece abrir una puerta hacia algo que el protagonista intenta recuperar, mientras que cada palabra escrita puede convertirse también en una señal de aquello que comienza a perder. La taza de café, en contraste, pertenece a lo cotidiano. Está ahí como parte de una rutina que intenta mantenerse mientras todo lo demás comienza a desordenarse. La cama representa el descanso, pero también el refugio y el aislamiento. El perchero guarda las prendas que permitirán las transformaciones del personaje y, con ellas, el tránsito hacia otras voces. El recuerdo como territorio escénico La obra avanza como si el público entrara poco a poco en la memoria del protagonista. Al principio existe una cierta claridad. Los objetos tienen un lugar y las acciones parecen responder a una lógica. El personaje se mueve dentro de su espacio y establece una relación reconocible con aquello que lo rodea. Pero esa estabilidad comienza a romperse. Las cartas aparecen como fragmentos de una historia que necesita ser reconstruida. El personaje busca, lee, recuerda y vuelve sobre aquello que cree conocer. La memoria deja de ser una línea continua y comienza a presentarse como piezas aisladas. La dramaturgia juega entonces con la pérdida del recuerdo. Lo que un momento parece claro, al siguiente se vuelve confuso. Una voz conduce a otra. Un personaje aparece y después se transforma. El espectador comienza a preguntarse si aquello que está escuchando pertenece a una persona distinta o si son diferentes voces que habitan el mismo cuerpo. Un actor, distintas voces Uno de los elementos más importantes de la puesta en escena es precisamente la transformación del personaje a través de la voz. Cada cambio de voz modifica la percepción del público. El cuerpo, el ritmo, la postura y la manera de hablar permiten que el actor transite entre distintos personajes sin necesidad de una transformación escenográfica compleja. El saco puede convertirse en una señal de identidad. Una prenda, un movimiento o una modificación en la voz bastan para que el espectador reconozca que está frente a otra presencia. Pero mientras las voces se multiplican, la conciencia del protagonista parece disminuir. Ese contraste es uno de los puntos más interesantes del montaje: mientras aparecen más personajes, el personaje central parece perderse cada vez más. Las voces lo llevan de un recuerdo a otro, de una escena a otra, hasta conducirlo a lugares donde ya no es sencillo distinguir qué pertenece al presente, qué al pasado y qué podría estar ocurriendo únicamente dentro de su mente. Las cartas y las plumas: escribir para no olvidar Las plumas de ganso y las cartas adquieren una fuerza simbólica particular. Escribir significa intentar dejar constancia de algo. Escribir es decir: esto ocurrió, esto lo recuerdo, esto soy. Pero en Diario de un loco, el acto de escribir también puede leerse desde su lado contrario: ¿qué ocurre cuando aquello que se escribe ya no puede ser comprendido?, ¿qué sucede cuando el recuerdo que se intenta conservar comienza a desaparecer? Las cartas funcionan entonces como pequeñas cápsulas de memoria. El personaje se aferra a ellas, como si al leerlas pudiera reconstruir el mundo que está perdiendo. Sin embargo, cada recuerdo recuperado parece traer consigo una nueva confusión. La llegada perdida del recuerdo —ese instante en que algo parece regresar para inmediatamente volver a escaparse— atraviesa la puesta en escena. El espectador observa cómo la memoria puede ser al mismo tiempo refugio y laberinto. La pared, el límite La pared también cambia de significado. Al inicio es simplemente parte del espacio. Después se convierte en un límite. El personaje se relaciona con ella como si buscara una respuesta detrás de una superficie que no puede atravesar. La pared representa aquello que separa al protagonista del mundo exterior, pero también aquello que separa un recuerdo de otro, una voz de otra, una certeza de una duda. La iluminación acompaña esa transformación. Las primeras luces permiten observar el espacio con claridad. Conforme la conciencia del personaje se fragmenta, las sombras adquieren mayor presencia. Los cambios de intensidad y dirección de la luz modifican el escenario y hacen que los mismos objetos parezcan distintos. La música y el silencio acompañan este descenso. Hay momentos en los que el sonido parece conducir al personaje y otros en los que el silencio deja al descubierto su fragilidad. La música no solamente ilustra lo que sucede: construye el ambiente emocional de una mente que intenta encontrar un orden. De personaje en personaje, de recuerdo en recuerdo La estructura de la obra permite que el público avance junto con el protagonista. Primero reconoce a un hombre. Después comienza a reconocer distintas voces. Más tarde empieza a preguntarse quién está hablando realmente. Y finalmente aparece una pregunta más profunda: ¿cuánto de sí mismo puede conservar una persona cuando sus recuerdos comienzan a fragmentarse? Cada personaje que aparece parece llevarse una parte de esa conciencia. Cada cambio de voz abre una nueva dimensión y, al mismo tiempo, aleja al protagonista de quien era al comienzo. La transformación no ocurre de golpe. Es gradual. Eso hace que la experiencia resulte más inquietante: el público puede observar cómo la pérdida ocurre momento a momento. Una dimensión social Desde una lectura social, Diario de un loco también plantea una reflexión sobre la forma en que miramos a quien se encuentra fuera de aquello que consideramos normal. La obra permite acercarse a la soledad, al aislamiento y a la incomprensión sin reducir al personaje únicamente a su condición. Antes que una etiqueta, aparece una persona con recuerdos, deseos, vínculos y una historia. El espectador es llevado a mirar desde otro lugar. La pregunta ya no es solamente qué le sucede al personaje, sino qué hacemos nosotros frente a alguien cuya realidad no comprendemos. En ese sentido, el teatro funciona como un espacio de empatía y confrontación. La locura deja de ser únicamente un tema del escenario y se convierte en una oportunidad para cuestionar la manera en que escuchamos y miramos a los demás. Cuando termina la función, la conversación continúa Al concluir la obra, los asistentes no salieron inmediatamente del Teatro Morelos. Permanecieron en el espacio, compartiendo impresiones y tratando de acomodar aquello que acababan de presenciar. La función había terminado, pero la experiencia continuaba en la conversación. Fue entonces cuando se dio un diálogo con Mario sobre la producción y sobre el trabajo que ha realizado a lo largo de su trayectoria. La conversación permitió ampliar la mirada más allá de Diario de un loco y conocer otros proyectos en los que ha participado. De manera especial, se resaltó el trabajo dirigido a niñas y niños, así como su papel como embajador y representante de la infancia. Una labor que coloca a los públicos infantiles en un lugar importante dentro de su producción y que entiende el arte y el teatro también como espacios para escuchar, acompañar y representar a las nuevas generaciones. Así, la noche en el Teatro Morelos terminó convirtiéndose en algo más que una función. Sobre el escenario quedaron la pared, la cama, el perchero, la sábana, el tapete, la taza de café, el saco de época, las plumas y las cartas. Pero también quedaron las voces. Voces que aparecieron, se mezclaron y desaparecieron, llevando al personaje —y al público con él— por un recorrido en el que cada recuerdo recuperado parecía revelar también una nueva pérdida. Porque quizá ahí reside una de las preguntas que deja la obra: cuando comenzamos a perder nuestros recuerdos, ¿qué parte de nosotros permanece? Y cuando la última voz se apaga, quizá el teatro nos obliga a mirar aquello que durante toda la obra estuvo frente a nosotros: la fragilidad de la memoria y la necesidad de no dejar solos a quienes están intentando conservarla.
9/27/20261 min leer


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