Editorial 2 de octubre

2 de octubre: lo que cambió en México y lo que todavía está pendiente 58 años después de Tlatelolco, las demandas de aquel movimiento estudiantil siguen siendo una forma de medir cuánto ha cambiado —y cuánto falta por cambiar— la relación entre el Estado y la sociedad mexicana. Por: Angélica Telles Rojas El 2 de octubre de 1968 no fue solamente una fecha trágica. Fue el momento en que una generación de jóvenes puso frente al espejo a un sistema político que durante décadas había construido una imagen de estabilidad, crecimiento y modernización, pero que tenía enormes dificultades para aceptar la crítica, la protesta y la pluralidad política. En aquel México gobernaba Gustavo Díaz Ordaz. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) dominaba prácticamente la vida política nacional y el presidencialismo concentraba una enorme capacidad de decisión. La protesta social no encontraba los mismos canales institucionales que existen actualmente y distintos movimientos —ferrocarrileros, médicos, campesinos, trabajadores y estudiantes— habían experimentado respuestas represivas por parte del Estado. El movimiento estudiantil de 1968 comenzó a finales de julio, después de enfrentamientos entre estudiantes y la intervención de los cuerpos policiacos. La entrada del Ejército a instalaciones educativas y la violación de la autonomía universitaria transformaron una disputa inicialmente estudiantil en una protesta política de mayores dimensiones. En agosto se constituyó el Consejo Nacional de Huelga (CNH), integrado por representantes de las escuelas en paro. El México económico: crecimiento no significaba igualdad Para entender el 68 también hay que mirar la economía. México vivía entonces el llamado “desarrollo estabilizador”, una etapa caracterizada por crecimiento económico, estabilidad de precios y expansión de la infraestructura y de la industrialización. El país proyectaba hacia el exterior una imagen de modernización, y en octubre de 1968 sería sede de los Juegos Olímpicos. Pero el crecimiento económico no eliminaba las desigualdades sociales. La modernización había generado una sociedad urbana más grande, una creciente población estudiantil y nuevas expectativas entre los jóvenes. El acceso a la educación superior se estaba ampliando y las universidades se habían convertido en espacios donde se discutían no solamente asuntos académicos, sino también los problemas políticos y sociales del país. Por eso el conflicto estudiantil no puede entenderse exclusivamente como una confrontación entre jóvenes y policías. La movilización expresó también el choque entre una sociedad que estaba cambiando rápidamente y un sistema político que conservaba estructuras muy rígidas. Investigaciones de la UNAM han interpretado el 68 precisamente como una expresión de esas transformaciones sociales y políticas de los años sesenta, en un contexto marcado además por la Guerra Fría y por una fuerte preocupación gubernamental frente a los movimientos de oposición. Las seis demandas que llevaron a los estudiantes a las calles Existe una idea equivocada de que el movimiento de 1968 comenzó exigiendo una transformación completa del sistema político. En realidad, sus demandas inmediatas eran bastante concretas. El pliego petitorio del movimiento incluía: Libertad de los presos políticos. Derogación del artículo 145 del Código Penal Federal, utilizado para perseguir el llamado delito de “disolución social”. Desaparición del cuerpo de granaderos. Destitución de los jefes policiacos Luis Cueto, Raúl Mendiolea y A. Frías. Indemnización a los familiares de los muertos y heridos durante el conflicto. Deslindamiento de responsabilidades respecto de los funcionarios responsables de la represión. A esas demandas se agregó una exigencia política fundamental: diálogo público con el gobierno. Y aquí está una de las claves para entender el 68. Los estudiantes no solamente reclamaban por los abusos que habían sufrido. Estaban cuestionando la manera en que el Estado respondía a la inconformidad social. Pedían que la protesta dejara de ser tratada como un problema de seguridad y pudiera convertirse en un asunto político susceptible de ser discutido públicamente. El 2 de octubre El 2 de octubre, miles de personas se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. La manifestación tenía como propósito informar sobre el conflicto y discutir las acciones del movimiento. La marcha hacia el Casco de Santo Tomás fue cancelada durante el mitin. Después comenzaron los disparos. La operación estatal desplegada ese día incluyó al Ejército y al Batallón Olimpia. Hubo muertos, heridos, detenidos y desaparecidos, pero el número exacto de víctimas continúa siendo objeto de debate histórico. El propio reconocimiento institucional de los hechos ha señalado la gravedad de las violaciones a los derechos humanos ocurridas aquella noche. Lo que sí resulta indiscutible es la dimensión política del acontecimiento: el Estado respondió a una movilización social mediante la fuerza militar y policial. Tlatelolco terminó convirtiéndose en un símbolo de la represión política en México. Entonces, ¿qué cambió realmente? El 2 de octubre no produjo una democratización inmediata. De hecho, ocurrió lo contrario en el corto plazo: dirigentes fueron encarcelados, la movilización fue reprimida y el gobierno mantuvo durante años mecanismos de control sobre la oposición. Por eso sería incorrecto decir que México se democratizó al día siguiente de Tlatelolco. El cambio fue más profundo y ocurrió durante las décadas posteriores. El 68 modificó la relación entre sociedad y poder porque mostró que debajo de la estabilidad del régimen existía una sociedad que reclamaba participación, libertades políticas y espacios de expresión. El movimiento también contribuyó a desacreditar la idea de que el sistema político podía representar por sí solo a toda la sociedad. La propia documentación histórica del Estado mexicano reconoce al movimiento como un parteaguas de la vida política nacional. Años después llegarían reformas políticas y electorales que transformarían gradualmente el sistema. Entre ellas destaca la reforma de 1977 y, posteriormente, las reformas electorales de 1990 y 1996, que contribuyeron a construir un sistema electoral más competitivo. Incluso hubo cambios que tocaron directamente a la juventud: en 1970 se reconoció el derecho al voto a partir de los 18 años, en un contexto en el que el sistema político buscaba recomponer su relación con las nuevas generaciones. De la demanda estudiantil a una transformación cultural Quizá el cambio más importante del 68 no pueda medirse solamente con leyes. El movimiento modificó la cultura política mexicana. Después de Tlatelolco, hablar de democracia, libertad de expresión, derechos humanos, autonomía universitaria, participación ciudadana y protesta social adquirió una dimensión diferente. La universidad dejó de ser vista únicamente como un espacio académico y se consolidó también como un espacio de discusión pública. Nuevos movimientos sociales encontraron en el 68 un antecedente. Las luchas sindicales, campesinas, feministas, estudiantiles y por los derechos humanos de las décadas siguientes heredaron parte de aquella experiencia de organización y movilización. Por eso la influencia del 68 no terminó con la disolución del Consejo Nacional de Huelga. ¿Y qué pasó con las demandas? Aquí está la parte incómoda de la historia. Algunas demandas fueron atendidas con el paso de los años; otras cambiaron de forma; y otras siguen teniendo una dimensión vigente. México ya no tiene el mismo sistema político de 1968. Existen instituciones electorales, mayor pluralidad partidista, alternancia presidencial, mayores espacios para la organización social y un marco de derechos humanos mucho más desarrollado. Pero eso no significa que todas las preguntas planteadas en Tlatelolco hayan desaparecido. La demanda de justicia continúa relacionada con la investigación de los hechos y con la responsabilidad de los funcionarios involucrados. En 2024, el Estado mexicano reconoció oficialmente los hechos de 1968 como un crimen de lesa humanidad y ofreció una disculpa pública a las víctimas. Y este 2 de octubre de 2026, la memoria continúa en las calles. La marcha conmemorativa de este viernes está convocada desde Tlatelolco hacia el Zócalo, y entre las exigencias contemporáneas del Comité 68 se encuentra la reactivación de acciones penales y procesos judiciales relacionados con 1968 y con la represión del 10 de junio de 1971. El verdadero legado Cincuenta y ocho años después, quizá la pregunta más importante no sea solamente cuántas personas murieron el 2 de octubre, sino qué aprendió México de aquella noche. El movimiento de 1968 demostró que una protesta estudiantil podía convertirse en una movilización social mucho más amplia. También evidenció los riesgos de un Estado que interpreta la inconformidad como una amenaza que debe ser eliminada en lugar de entenderla como una expresión política que debe ser escuchada. El México de 2026 es diferente al de 1968. Las instituciones, los partidos, los medios, las universidades y la sociedad civil han cambiado. La competencia política también es distinta. Pero la memoria de Tlatelolco sigue planteando una pregunta vigente: ¿qué tan dispuesto está el poder a escuchar a quienes protestan cuando sus demandas resultan incómodas? Esa es quizá la verdadera herencia del 2 de octubre. Porque recordar Tlatelolco no significa únicamente recordar a quienes murieron. Significa recordar por qué salieron a las calles. Libertad. Justicia. Diálogo. Derechos políticos. Fin de la represión. Y responsabilidad de quienes ejercen el poder. El 2 de octubre no cambió México de un día para otro. Cambió la manera en que varias generaciones comenzaron a mirar al poder. Y esa transformación, lenta, contradictoria e incompleta, continúa formando parte de la historia política mexicana.

10/8/20261 min leer

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